Dejas de convertir un reclamo en una discusión
Antes respondías a un mensaje enojado con los motivos por los que la culpa no era tuya, y el cliente se enojaba más. Escuchar hasta el final y repetir lo que entendiste antes de explicar cualquier cosa le baja la temperatura a la conversación antes de que ofrezcas una sola cosa.
Resuelves el problema que el cliente realmente tiene
Antes adivinabas una solución y la ofrecías en la primera respuesta: quien quería el producto nuevo recibía una disculpa, y quien quería su dinero recibía un cupón. Dos o tres preguntas antes de ofrecer cualquier cosa muestran qué lo resolvería de verdad, y la solución acierta a la primera.
Reembolsas cuando corresponde y conservas la venta cuando no
Antes devolvías el dinero por reflejo para que la conversación terminara, o lo negabas por principio y perdías al cliente. Saber cuándo el reembolso es la decisión correcta, y cuándo el cambio o el crédito en la tienda conviene más a ambos lados, ahorra dinero de un lado y clientes del otro.
Un reclamo resuelto se convierte en la próxima compra
Antes cerrabas el caso en la solución y te dabas por satisfecho. Cerrarlo con un motivo para volver, el producto nuevo para retirar en la tienda o un pequeño crédito en el próximo pedido, convierte a un cliente que casi se fue en uno de los más fieles.
Descubres si la solución se sostuvo
Antes suponías que el silencio después de la solución significaba que funcionó. Un mensaje corto unos días después muestra si el producto nuevo llegó entero o si la reparación duró, y le demuestra al cliente que no lo olvidaste en cuanto terminó el chat.